La Experiencia Educativa Argentina: Un Desafío para el Desarrollo
El valor que tiene la experiencia educativa hoy es un desafío para el desarrollo que busca despertar el interés del usuario
Nuestro verdadero interés debería estar dirigido a un mejoramiento de nuestros alumnos, sean niños, jóvenes o adultos. Para lograrlo conviene buscar los cambios que les permitan deleitarse en la experiencia educativa que están viviendo.
La mejor manera de acercar un producto a un usuario dejó de ser una publicidad creativa o una descripción exacerbada de características y beneficios. Cada vez más productos se venden sin siquiera mostrar el bien en si mismo. Este fenómeno mayormente se ve potenciado por la llegada de internet, las redes sociales y su implantación definitiva en la vida cotidiana de las personas. Sin duda, cambió sustancialmente la manera que tenemos de comunicarnos.
Citando al ejecutivo Jeff Bezos, CEO de Amazon: “Si en el mundo offline de tus negocios, un usuario queda insatisfecho, este contará su mala experiencia a 6 amigos. Si el usuario queda insatisfecho en el mundo online, cada uno de ellos puede que llegue a 6000 personas.”
El valor que tiene “la experiencia” hoy en día es sustancial frente a la reacción que se pretende generar en el usuario para despertar su interés y ante la posibilidad de que este continúe su vivencia o la abandone.
Frente a esta mirada con sesgo mercantil, planteo analizar “la experiencia” que vive un estudiante, una familia, un docente o un equipo de conducción en el sistema educativo argentino. Tras haber trabajado en diferentes provincias y haber estudiado en el sistema de gestión estatal y de gestión privada en diferentes rangos temporales de la historia del país, me permito recorrer los vastos espacios de la memoria y analizar algunas de las problemáticas multicausales por las que la educación nacional, hoy en día, encuentra desafíos de alta complejidad. Además, esbozar las posibles estrategias a abordar dentro de un panorama político y económico aun incierto en lo futuro.

Analicemos diferentes miradas
La familia y la experiencia de sus hijos en la escuela
Las familias enfrentan desafíos económicos y de tiempo para acompañar a sus hijos en el ámbito educativo, delegando en las instituciones parte importante de esta tarea.
La dinámica familiar está limitada, en general, temporal y económicamente para ofrecer a sus hijos e hijas un acompañamiento cercano en lo educativo. En un porcentaje significativo, esta función es delegada en el círculo familiar más amplio (abuelos, hermanos mayores, en el mejor de los casos).
En donde las posibilidades lo permiten o donde la familia lo prioriza, parte de la formación del estudiante se complementa con actividades extracurriculares. La práctica de un deporte, el aprendizaje de otro idioma, el desarrollo de una habilidad o destreza fruto del interés (cocina, manualidades, oficios, etc.) terminan de ocupar la grilla horaria. Esto le permite a los familiares cubrir su jornada laboral para luego llegar al hogar y fortalecer durante del día el vínculo familiar.
Para el círculo familiar, “la experiencia” escolar y formativa se basa en la necesidad de la continuidad del funcionamiento de dichas instituciones ya que, al perderse, afecta de forma perjudicial el desarrollo de las actividades normales y rutinarias tan necesarias para la subsistencia.
Los paros, los feriados, las licencias indiscriminadas, las suplencias continuas, la falta de financiación de alguno de estos programas extracurriculares solo significan la “interrupción del servicio” y, por lo tanto, la disconformidad y el enojo.
Esto genera un clima poco saludable para el sostén del esquema familiar y el desgaste del vínculo entre la escuela y la familia.
¿Cuánto disfruta el estudiante su experiencia educativa?
Los estudiantes se encuentran atrapados en un sistema que les ofrece poca flexibilidad y pocas oportunidades de personalizar su aprendizaje, lo que termina generando una actitud de rechazo.
Dentro de la propuesta pedagógica del sistema educativo actual, la experiencia que atraviesa el estudiante es desde un lugar de cautividad. Sin posibilidad de modificar ni personalizar su trayectoria escolar, se encuentra ante la dependencia del voluntarismo del adulto (docentes y equipos de conducción) y no ante una propuesta institucionalizada para acercar el proceso del aprendizaje a sus intereses y necesidades particulares.
Salvo honrosas excepciones (cómo los últimos años en la Ciudad de Buenos Aires, Entre Ríos y Chubut), la experiencia indirecta que experimentan los estudiantes en un aula escolar bajo la engañosa apariencia del acompañamiento “uno a uno”, deja un amargo sabor de boca de un currículo inmóvil y lejano al contexto en el que luego irán a desarrollar sus vidas.
Ese contexto ulterior al nivel secundario abre los ojos del estudiante para finalmente poder identificar la estafa pedagógica que vivenció los últimos 15 años. Esta percepción de engaño se intensifica cuando el estudiante avanza en su formación y descubre la distancia entre los conocimientos adquiridos y las habilidades que exige el contexto laboral o universitario.
Ahora, ya fuera del “claustro académico”, la realidad de saber leer y hacer cuentas no soluciona la falta de razonamiento analítico y resolución de conflictos por medio del trabajo en equipo y la aplicación práctica de los conocimientos adquiridos.
Hace décadas, la evaluación de la experiencia educativa del usuario más directo llegaba al ingresar a su formación superior. La universidad terminó reclamando al nivel secundario subir el nivel de exigencia y de complejidad de los contenidos desarrollados.
Hoy en día, el estudiante evalúa tempranamente la experiencia y comienza su “rebeldía” con las herramientas con las que cuenta:
- Desinterés
- Ausentismo
- Dispersión
- Mal comportamiento
- Exceso del uso de las tecnologías personales (celulares, auriculares, tablets, etc.).
En un nivel más inconsciente, la evaluación negativa de su paso por el aula la manifiestan o la profundizan en su salud emocional.

¿Los docentes y el equipo directivo están felices con la experiencia educativa?
Desde la perspectiva de los docentes y el equipo directivo, el sistema impone restricciones y carece de recursos suficientes, dificultando la adaptación del aprendizaje a las necesidades del estudiante.
Parecería que los empleados (docentes y equipos directivos) que atienden a ese “usuario directo” solo deberían enfocar su atención en mejorar la experiencia para elevar la pertinente evaluación. Pero estos actores centrales también viven la experiencia áulica atados a cierta rigidez y, en muchos casos, imposibilitados de realizar innovaciones que hagan de “la escolaridad” una experiencia personal y cercana a los intereses de los estudiantes. Esas “ataduras” se traducen en:
- Rigidez de la currícula
- Exigencia de los niveles jerárquicos superiores
- Ausencia o escasez de recursos didácticos
- Falta de acompañamiento ante la aparición de trastornos emocionales dentro del aula, etc.
Sin embargo, su evaluación de la experiencia educativa es observable y atendible en tanto y en cuanto el funcionamiento del equipo (cuerpo docente y equipo de conducción) puedan flexibilizar sus prácticas y estar dispuestos a ser evaluados como “óptimos” para la tarea pedagógica a enfrentar. Cubierto este prerrequisito, una evaluación, sea negativa o positiva, adquiere un peso sustancial y atendible por quienes tienen la responsabilidad de hacer las inversiones pertinentes, sea en el ámbito privado o estatal.
Benenficios de una mejora sustancial
Prestando la debida atención y poniendo los pies sobre los mismos espacios, un ministerio representativo a nivel nacional o jurisdiccional con un enfoque orientado al desarrollo deberá ajustar la mirada para hacer de las instituciones educativas más que un espacio de formación.
Una escuela, un instituto, una universidad son pilares fundamentales para la generación de capital humano. Impulsan el crecimiento económico de una ciudad, de un pueblo y de una nación. En este sentido, mejorar la ‘experiencia’ educativa beneficia a los individuos y crea una base sólida para el progreso industrial y tecnológico del país.
Una proyección inicial
Un estado presente con instituciones inclusivas (contrarias a las reinantes instituciones extractivas) también aboga por la inversión en infraestructura, no solo en términos de edificios y tecnología, sino en la formación y capacitación constante de los docentes. También, en la creación de programas curriculares que se ajusten a las demandas actuales del mercado laboral y de la sociedad.
Argentina podría beneficiarse de un enfoque educativo que, sin perder de vista la formación teórica, incremente la relevancia de la educación técnica y práctica nuevamente. Al alinear el currículo con sectores clave de la economía, como la industria y la tecnología y realizar una inserción al mundo laboral a través de prácticas pedagógicas profesionalizantes, facilitaremos que los egresados posean las habilidades necesarias para integrarse de inmediato al mercado laboral, potenciando el desarrollo económico.
Promovemos una constante adaptación y evaluación de las políticas públicas. La implementación de un sistema de evaluación que involucre a todos los actores (familias, estudiantes, docentes y directivos) puede ayudar a identificar áreas críticas de mejora en el sistema educativo, permitiendo ajustar las políticas en función de las necesidades reales.